San Roque de Cumbaza, Perú, 2016

Albertina

Cualquier hombre que pela flor es un cobarde. 

A Albertina de 86 años yo le parezco todavía tierna. Ligera, curvada, de mirada mineral, se presenta con sus dos apellidos. Un botón de cada en su camisa y una amabilidad elegante. Ya no leo mas sobre el Perú. Ahora escucho el Amazonas, saboreo sus colores y la miro a ella en su casa de barro y bambú.

La tosferina, el Sendero Luminoso, cultivar la selva… La vida sale por sus ojos mientras su mano se olvida del parkinson, y Albertina me pela un plato de naranjas. Perdió dos hijos porque no venían soñando de cabeza, aparecieron por los pies. Hoy no irá al entierro de su sobrino, porque anda tomando medicinas y no es bueno que le llegue el viento del muerto. Piensa que los vecinos cortan sus plantas y echan veneno a los árboles. Ellos son nativos y su lengua el quechua, me dice, no se pueden comparar con nosotros que hablamos castellano.

Prefiere que la fotografíe al día siguiente, con más luz. Lo hago y posa decidida como una flor más en su jardín. Me agarra la mano y me pregunta cuánto me debe por el retrato. Mientras escribo estas líneas, el zumbido de un colibrí en la ventana, y el azul gas de la mariposa Morpho en la puerta, se llevan mi pensamiento.






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